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TEMPLO y ANTIGUO CONVENTO DE CHURUBUSCO |
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Actualmente
Museo Nacional de las Intervenciones, Ciudad de México
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Testigo fiel del largo periplo de sucesos en nuestro país, el templo y antiguo convento de Churubusco, actualmente Museo Nacional de las Intervenciones, ha sufrido en carne propia algunos de los principales hechos que provocaron el entorno de lo que es hoy México. Una de las primeras ordenes religiosas que arribaron a nuestro país luego de la conquista fueron los Franciscanos, quienes se abocaron básicamente a la evangelización de los indígenas precisamente en las zonas donde éstos habitaban. A un kilómetro del manantial Acuecuexco, los indios asistían a los cursos impartidos por los monjes, aunque continuaban adorando un centro ceremonial dedicado a Huitzilopochtli; por esta razón, los religiosos determinaron destruir este sitio y en su lugar, con las mismas piedras del Teocalli edificaron lo que sería el primer antecedente del templo y convento. Por cuestiones de los altos mandos eclesiásticos, el entonces llamado cabildo metropolitano decidió que operara y ampliara el convento la orden de los Dieguinos, que era una rama surgida de los Franciscanos Descalzos. Bajo la dirección de Pedro del Monte y el templo fue advocado a San Diego de Alcalá. El 17 de julio de 1587, el padre comisario de apellido Ponce supervisó "un convento que está en un pueblo de indios mexicanos llamado Churubusco". Al parecer los trabajos de remodelación no fueron satisfactorios, porque el reporte del prelado fue que el inmueble "está acabado, con claustro, dormitorios, celdas, iglesia y huerta; todo muy pequeño y hecho de ladrillos". Pese a ello, la iglesia había tenido éxito, ya que los indígenas acudían en tropel a escuchar misa y confesarse. Entre 1630 y 1635, la Capellanía de la ciudad destinó 1,200 pesos para hacer reparaciones, por lo que adquirió 99 vigas, 50 tablones, 5 carretadas de cal y 3 mil ladrillos. En diciembre de 1673, Diego del Castillo y su esposa Elena de la Cruz, firmaron la escritura que los acreditaba como patrones del convento, con el propósito de que financiaran los trabajos para mejorar las instalaciones. El arquitecto Cristóbal Medina Vargas concluyó las labores el 15 de enero de 1678 para beneficio de unos 30 religiosos que lo habitaban. Pero la época de las reparaciones aún no terminaban: en 1690 inició otra nueva etapa de ellas que acabaron hasta 1723. Tres años más tarde, se enyesaron y pintaron los claustros alto y bajo, las celdas, el cementerio, la sala de profundis, los dormitorios, el refectorio y la sacristía. Ya en 1733 se ensanchó y anexó una fábrica anexa al convento, además de concluirse la construcción del noviciado con oratorio, la biblioteca con decoración de azulejos de Talavera y otros elaborados en la Academia de San Carlos. La portería del monasterio tenía un hermoso lienzo que representaba el árbol genealógico de la venerable María de Jesús Águeda, con un cuadro de la revelación de Nuestro Señor Padre San Francisco; también fueron colocados en el claustro alto los 18 lienzos de "Los Misterios de Nuestra Redención", mientras que en la parte de atrás se encontraba el cementerio. La situación del inmueble se agravó en 1761, a raíz de la rotura del rió Coyoacán: el Virrey ordenó al señor Oidor Domingo de Tres Palacios y Escandón, quien a su vez ordenó al arquitecto Manuel Álvarez y Bentura de Arellano, que hiciera un reconocimiento de los estragos. Resultado de ello se dieron cuenta que la planta baja del convento y la iglesia estaban totalmente anegados, por lo que tuvo que rescatarse el Santísimo Sacramento que se localizaba en la parte destinada al coro. Al parecer, ya que no se tienen datos fidedignos, el inmueble se salvó de este apremio, aunque por poco tiempo; en 1847 con la intervención estadounidense las autoridades desalojaron a los frailes para que el monasterio sirviera como bastión de resistencia y defensa de la ciudad. Incluso, fue reforzado con un parapeto de adobe de 2.8 metros de espesor, mismo que por falta de tiempo quedó inconcluso y sólo cubrió el frente; también se ideó hacer un foso con agua de lluvia. Ya con las fuerzas nacionales al mando de los generales Anaya y Rincón derrotadas, los invasores permanecieron en el lugar durante 18 días; en los que ondeó su bandera. Pasado el enfrentamiento, se decretaron las Leyes de Reforma con lo que el Gobierno obligó a los religiosos a abandonar el convento, aunque en recuerdo a la Batalla de Churubusco no fue adjudicado a ningún particular; durante la Presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada se desalojó a varios invasores del inmueble. Su función principal hasta 1914 fue como sede del hospital militar para enfermos contagiosos. Dos años después, el arquitecto Manuel Ituarte consideró como todos sus antecesores, que el monasterio se hallaba en estado de ruina avanzado. Sin importar este diagnóstico, entre octubre de 1916 y febrero de 1917, el claustro fue albergue de las fuerzas constitucionalistas provenientes de Guaymas, Sonora, encabezadas por Venustiano Carranza, lo que aunado al escape de las aguas freáticas de la zona y los sismos registrados a principios de siglo, ocasionaron grietas y resquebrajaduras en las paredes. El mismo Carranza inauguró el primer museo histórico y al año siguiente una parte del inmueble fue ocupada por una escuela primaria; para 1928 se ubicó en otra área la escuela de pintura al aire libre, relacionada con el movimiento nacionalista de artes plásticas. Una fecha importante fue el 9 de febrero de 1933, cuando el inmueble se le dio el rango de Monumento Nacional. Mientras la Secretaría de Educación Pública llevaba a efecto trabajos de apuntalamiento y restauración; a este inmueble la población lo conocía como el museo del transporte, por la gran cantidad de vehículos que tenía, los que se enviaron a Zacatecas en 1985. Ahí despacharon el Centro Regional Latinoamericano de Estudios de Conservación para la Conservación y Restauración de Bienes Culturales, así como en el sexenio de 1970-1976, la Dirección de Monumentos Históricos, perteneciente al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En 1980 surgió el proyecto del Museo Nacional de las Intervenciones, con el objetivo de reunir, exhibir y divulgar el acervo cultural histórico vinculado con las intervenciones extranjeras que ha sufrido nuestro país. Este centro cultural cuenta con 10 salas y numerosos objetos artísticos, así como retablos valiosos que estuvieron en iglesias destruidas o abandonadas, por lo que como se menciona al principio del texto, es un testigo del recorrido del México contemporáneo.
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