|
Fotografía: Delfín Montañana y Surió
El conjunto formado por el Templo y Antiguo Hospital de la Santisíma Trinidad se encuentra en la calle Santísima número 12, esquina con Emiliano Zapata, entre Moneda y Leona Vicario, en la parte vieja de la Ciudad de México, hacia el oriente del Zócalo, casi a espaldas de Palacio Nacional. Se llega por la calle de Moneda, después de pasar el Palacio Arzobispal, la iglesia de Santa Inés y la Academia de San Carlos. La portada principal da a la pequeña plazuela de María Santísima, que ha sido rebautizada como Plaza Lorenzo Rodríguez, en recuerdo del arquitecto al que se le atribuye la construcción del templo.
Los orígenes de esta edificación se remontan a una pequeña ermita levantada hacia 1526, por los miembros del gremio de sastres en advocación de San Cosme, San Damián y San Amaro, a solo cuatro años de que Carlos V de España, tras la caída de Tenochtitlan, otorgara a Hernán Cortés el nombramiento de gobernador y capitán general de la Nueva España. En la historia nacional, la Ciudad de México ha tenido la función predominante de ciudad-capital. Ya en la época prehispánica fue el centro político y comercial de las extensas áreas dominadas por los mexicas; después, capital del Virreinato de la Nueva España; más tarde se determinó, a partir de la época independiente, que en ella residieran los supremos poderes de la Federación.
Para la crónica mexicana, el siglo XVI representa el esplendor y la caída del imperio azteca asentado en México Tenochtitlan, producto de 2,000 años de vida urbana en Mesoamérica, que en 1519, con 80,000 habitantes, ocupaba un área cercana a los 13 kilómetros cuadrados. Pero el XVI constituye también el siglo de la conquista, que comprende tanto el hecho militar como el largo periodo de acomodo que no sin violencias produjo una nueva situación: la colonia.
Después de una tenaz resistencia contra los conquistadores íberos, la gran capital azteca, quedó casi totalmente destruida. Fue entonces, que la reedificación de la nueva México-Tenochtitlan representó, real y simbólicamente la fusión de dos culturas visiblemente diferentes, ya que tanto en el trazo general de la nueva ciudad como en la organización de los barrios indígenas, subsistieron elementos y características de la anterior.
¿Cuáles fueron los aspectos que determinaron la decisión de Cortés de reconstruir la ciudad en el mismo sitio, a pesar de la opinión contraria del Ayuntamiento y de sus oficiales, que propusieron otros sitios en tierra firme? Sobre las razones que indujeron a Cortés tomar esa histórica determinación se aceptan como válidas las de carácter militar, que hablan de la defensa contra posibles ataques exteriores y del control de la población indígena en el interior de la isla; así como las razones de prestigio, al levantar sobre la misma capital dominadora de tantos pueblos, otra nueva ciudad de igual manera predominante. Todas esas razones pueden ser válidas, incluso fundamentales, ya que con excepción de las condiciones desfavorables debidas al terreno e hidrografía de la ciudad, las ventajas de rehacer la ciudad en el mismo lugar, tienen su explicación en cinco puntos fundamentales: a) el sitio podía defenderse con cierta ventaja; b) existía la posibilidad real de repoblar rápidamente el lugar al atraer a los indígenas que ya se habían dispersado; c) este repoblamiento posibilitó poder contar con grupos especializados de artesanos y gente de diferentes actividades para la reconstrucción y reorganización de la ciudad; d) se tenían a la mano materiales, producto de la demolición de templos, casas y palacios; y e) se heredó así, a los ojos de los demás pueblos sojuzgados por los mexicas, el prestigio de la antigua Tenochtitlan.
Tras la conquista militar llegó la llamada conquista espiritual, o sea el proceso de cristianización e hispanización de la población indígena, que durante el siglo XVI estuvo ligada a la necesidad de justificar la expansión imperial europea ¿Qué derechos tenía España para someter nuevos territorios bajo su dominio? ¿La guerra de conquista era una guerra justa?, la respuesta a esas preguntas se encuentra en la base de toda la acción colonizadora española en América. En este contexto se da la llegada de la primera misión franciscana en 1523. Durante esa primera etapa y hasta 1655, la labor de los misioneros parece ser más libre e independiente, lo que permite ensayar diversos métodos de evangelización. A partir del medio siglo, cambian radicalmente las primeras proposiciones, entonces la cristianización y occidentalización del mundo indígena se convertirá en una función del Estado, dentro de una situación de dependencia colonial.
El Templo de la Santísima Trinidad y el Hospital de San Pedro tuvieron su origen en tres construcciones anteriores: la ermita construida hacia 1526, por los miembros del gremio de los sastres y un hospicio para albergar indigentes. Cerca de cuatro décadas después, en 1567, el entonces arzobispo concedió permiso a un grupo de monjas de Santa Clara para ocupar temporalmente la ermita; dado el mal estado en que se encontraba la construcción, las religiosas ordenaron derribar la primera construcción para edificar en su lugar otra de adobe, que fue abandonada diez años después.
A la salida de las clarisas, los sastres regresaron a su propiedad; entonces decidieron darle a su agrupación un sentido piadoso. Para 1577, el bachiller Pedro Gutiérrez Pisa había fundado la Cofradía de San Pedro, la cual estableció un hospital para dar atención a los clérigos seculares, enfermos y ancianos, o que necesitaran de un sitio adecuado para hospedarse. Los cofrades de San Pedro se vieron ante el problema de no contar con un terreno propio para edificar el hospital en el que prestarían sus servicios, y por tanto, en 1580 recurrieron a los trinitarios, y mediante una escritura acordaron que la Congregación de San Pedro se establecería en las propiedades de la Archicofradía y se comprometería a costear la construcción de una nueva iglesia. De esta manera los sacerdotes tendrían espacio para establecerse y los trinitarios, que por entonces no tenían dinero, podrían contar con un templo de buena factura para las prácticas y celebraciones religiosas de su hermandad. El sitio donde se instaló la sede fue la Archicofradía de la Santísima Trinidad, que tuvo como principal objetivo la práctica de cuatro obras de misericordia: enterrar a los muertos, visitar a los enfermos, redimir al cautivo y dar posada al peregrino.
Sin embargo, los congregantes de San Pedro no pudieron cumplir inmediatamente con la obligación que habían contraído al firmar la escritura de 1580; pero finalmente, ante la insistencia de la Archicofradía, se hicieron cargo de la construcción. Aunque se desconoce la fecha del inicio de las obras, se sabe que la nueva iglesia fue dedicada el 19 de septiembre de 1667; y posiblemente fue por esa misma fecha cuando se empezaron a edificar el hospital y la hospedería en los terrenos adyacentes al templo.
En 1735, los congregantes de San Pedro dirigieron un oficio a los trinitarios, en el que les comunicaban que era necesario reedificar el templo y la sacristía, dado que se encontraban en muy mal estado. Sin embargo, la hermandad de clérigos carecía de los recursos económicos necesarios para levantar un nuevo edificio. En 1754, el arzobispo Manuel Rubio y Salinas emitió un decreto que ordenaba el cierre del antiguo templo para su reedificación, que se inició en 1755. Los avatares económicos y técnicos que hubo de sortear, provocaron que la construcción tuviera varias etapas y así, aunque en 1777 estaba casi terminada, fue dedicada hasta el 18 de enero de 1783. La obra se ejecutó gracias al presbítero José Antonio Narváez, a quien también, por estos años, se debe la reedificación del hospital, que nunca fue terminado. Existe controversia con respecto al autor de la nueva iglesia, que se atribuye al arquitecto Lorenzo Rodríguez, debido a la semejanza que presenta con la portada principal del Sagrario Metropolitano, pero también se menciona al arquitecto y agrimensor criollo Ildefonso Iniesta Bejarano, alarife mayor de la Nueva España, autor de otras construcciones y proyectos para la capital del virreinato y otras regiones.
De lo que no se duda es de que la Santísima, como se conoce popularmente, fue patrocinada por las cofradías de la Santísima Trinidad (de sastres) y de San Pedro (de clérigos). La primera piedra se puso en 1775 y se inauguró en el 17 de enero de 1783; pero hay que señalar que hacía tiempo que estaba terminada. Aunque por ahora se desconoce la fecha exacta, la obra de fábrica debió estar lista hacia 1777, año en que el cronista Juan Viera registró que se hallaba perfectamente acabada. La portada principal, al poniente, muestra un relieve de la Santísima Trinidad, titular de la Cofradía de los Sastres; mientras que la lateral sur, está dedicada al patrón de la Cofradía eclesiástica, San Pedro Apóstol.
La iglesia de la Santísima Trinidad, es un magnífico ejemplo del Barroco Churrigueresco, lo que hace del inmueble una más de las grandes obras del barroco estípite de la capital. Su planta es de cruz latina, al igual que la mayor parte de los templos capitalinos construidos en los siglos XVII y XVIII, y está cubierta con bóveda de cañón con lunetos, que aunados a la cúpula de tambor octogonal con linternilla y los grandes vanos cuadrangulares, permiten una perfecta iluminación. De acuerdo con el gusto barroco, la riqueza ornamental de algunas partes del edificio contrasta con la simplicidad de otras; así sobresalen por la profusión de formas, las portadas, la cúpula y la torre, que resultan los sitios de mayor interés desde el punto de vista artístico. La portada principal, trabajada en chiluca -piedra dura de color gris- está flanqueada por dos grandes estribos; se compone horizontalmente de dos cuerpos y un remate y verticalmente se divide en tres calles.
Su fachada principal conserva aspectos de las construcciones anteriores, como la traza, el relieve y la ventana del coro, pero introduce novedades como los audaces estípites exentos y la ornamentación de la calle central que altera la simetría de los cuerpos y el remate. Llaman la atención los estípites inacabados de la torre, pues podrían indicar que tal vez algunos elementos ornamentales se labraban in situ. Es así que sobre esos cuatro pedestales se elevan los esbeltos estípites que tienen la peculiaridad de estar exentos, solución que acentúa su importancia dentro del conjunto y que, por su originalidad, la hacen singular entre otras fachadas metropolitanas. En el segundo cuerpo, las pirámides truncadas e invertidas de los apoyos son más delgadas y de menor altura que las inferiores.
Las cornisas que separan al primer cuerpo del segundo y a éste del remate, adoptan entrantes y salientes, y en la calle central se rompen y elevan siguiendo trazos mixtilíneos que dan lugar a la sucesión ininterrumpida de motivos ornamentales; así, la primera se abre formando dos grandes roleos y deja paso a un medallón circular en el que se presenta el escudo pontificio. En el segundo cuerpo, la cornisa se eleva formando dos líneas mixtas y llega hasta el remate, lo que permite que en el espacio central se coloque la parte inferior del marco de la ventana del coro. La novedad de la apertura de dicha calle del centro acentúa aún más el sentido de verticalidad en la portada.
Al tercer cuerpo o remate de este conjunto, sigue una composición inscrita en un rectángulo del que sobresalen dos remates piramidales y, al centro, una pequeña terminación curvilínea. En la fachada se exalta el Misterio de la Santísima Trinidad y la jerarquía eclesiástica, que se completa con la singular tiara pontificia del campanario. La cúpula está ornamentada con tableros de azulejos que muestran la cruz de Malta, símbolo de la hermandad trinitaria, y la tiara pontificia que hace referencia tanto a la máxima autoridad de la Iglesia, como a la cofradía de San Pedro. Los motivos ornamentales que revisten la fachada principal de la Santísima pertenecen al repertorio del barroco-estípite capitalino con el exhuberante follaje, las flores, los frutos y también los querubines, ángeles, conchas, guardamalletas y diseños geométricos.
En cuanto a la iconografía, la representación en relieve de la Santísima Trinidad ocupa el sitio de honor en la fachada. El Padre aparece sentado, Cristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, está arrodillado, desfallecido y recargado en su Padre. Siguiendo una costumbre muy antigua en la iconografía cristiana, al Espíritu Santo se le ve a la izquierda en forma de paloma.
En cada una de las caras de los cubos de los estípites del primer cuerpo de esta portada aparecen medallones en relieve que representan a los doce apóstoles. La iconografía se completa con las diez esculturas de talla entera que se intercalan con los estípites, y que representan a cinco obispos, cuatro papas y un presbítero, que por los atributos que llevan: libro o maqueta de la iglesia, se les puede identificar como a Doctores de la iglesia.
Son destacables la hermosa portada lateral de alargados y originales estípites. Así como la puerta y el cancel de la entrada principal. La portada lateral del templo está en el paño sur, entre el segundo y tercer contrafuertes. En su composición presenta singulares novedades que rebasan los patrones churriguerescos. En sentido horizontal se divide en dos cuerpos y un remate; verticalmente, presenta una calle central; pero aquí no se observa la acostumbrada apertura de calles laterales, sino que los espacios correspondientes a éstas están ocupados por una serie de ejes verticales señalados por evolucionados apoyos y remates. En el primer cuerpo, la calle central está ocupada por el vano de la puerta, que está flanqueado por partes de finos y esbeltos estípites que aparecen en las calles laterales. En el segundo registro, hay a cada lado del nicho central una pilastra que adopta una forma especial por los grandes roleos y el medallón oval que la conforma. En este mismo cuerpo, al lado de las pilastras descritas y siguiendo el eje vertical marcado por los cuatro apoyos inferiores, se observan dos remates y dos delgados estípites.
En el tema iconográfico que se representa en esta portada lateral se distingue en el nicho central al apóstol San Pablo. En el relieve que está en el primer cuerpo sobre la clave del arco de la puerta, se representa la imposición de la casulla a San Ildefonso. En el medallón circular está representado San Antonio Abad, quien asentó las bases de la vida monástica y alcanzó gran popularidad en esa época por considerársele protector de los animales. En el medallón oval que está a la derecha de San Pablo, se representa a San Juan Bautista; en tanto que en el medallón situado a la izquierda aparece la figura de otro santo no identificado. El tratamiento de la talla, tanto de los motivos ornamentales como de los relieves y escultura, es de mejor factura si se le compara con la portada principal, donde se observa una ejecución menos cuidada. Como en otras churriguerescas, en la Santísima también se combinan la talla cortada, que se caracteriza por el empleo de formas geométricas y los diversos planos de profundidad, y la talla modelada, en la que las formas se vuelven curvilíneas y carnosas.
La torre de la Santísima se eleva airosa hacia el costado de la fachada principal; sus estípites exentos y su remate en forma de tiara le dan una tonalidad especial. El cubo, revestido de tezontle, se une a los dos primeros cuerpos del frontispicio; y según la costumbre, es en el campanario donde se concentran los motivos ornamentales. Este es de chiluca y se compone de dos cuerpos; el primero sigue la planta cuadrangular del cubo y en él se alojan las campanas. En cada uno de sus lados hay un balcón flanqueado por estípites, que hacen un conjunto de doce. El segundo cuerpo es de base circular, tiene cuatro vanos y está coronado por una tiara.
Sobre la fachada lateral, que está en la calle Emiliano Zapata, hay un interesante nicho flanqueado por pequeños estípites. Esta representación se relaciona con la fiesta de Corpus Christi, dedicada a conmemorar la Institución de la Sagrada Eucaristía. Fue costumbre muy arraigada en el Virreinato celebrar esta festividad precisamente en el templo de la Santísima Trinidad y por las principales calles del centro de la ciudad.
La iglesia debió contener en su interior diversas obras de calidad artística. Se tiene noticia de que tanto el presbiterio como los muros laterales estuvieron revestidos por excelentes retablos dorados que han desaparecido. Hoy en día se conserva el cancel en la entrada principal, fabricado en cedro, que presenta una talla interesante a base de molduraciones que forman diseños geométricos alternados con motivos vegetales y figuras de sirenas. Sin embargo, se ha conservado en buen estado la balaustrada del coro; al igual que el cancel, está finamente tallada en madera de cedro y se ornamenta con ángeles pintados en dorado que sostienen canastos de frutas.
En una pequeña vitrina, colocada entre el cancel y la puerta de la entrada, se aloja un grupo escultórico que representa a la Santísima Trinidad. Las figuras que lo integran están dispuestas en la misma forma que las del relieve principal de la portada. El conjunto alcanza una altura aproximada de 40 cm. Las dos figuras de madera son de muy fina factura, mientras que la paloma está fabricada en plata. En los muros de la nave principal de la iglesia había hasta hace poco, una serie de óleos que representaban escenas del martirio de los Apóstoles y la Crucifixión de Cristo. Las pinturas, realizadas sobre tela, son de forma oval y se deben a la mano de Miguel Rudesindo Contreras, artista poco conocido, pero de innegable mérito, quien las realizó durante la segunda mitad del siglo XVIII.
La inestabilidad del subsuelo de la Ciudad de México ocasionó que el templo trinitario sufriera, aun antes de ser terminado, rápidos y desiguales hundimientos. En los años de 1805-1806 se tuvo que elevar el nivel del piso a fin de impedir que en tiempo de lluvias el agua invadiera el interior. El problema se agudizó al correr de los años, y en 1855 el mal estado era tal, que hubo de cerrarse al público. Después de nuevas reparaciones la iglesia fue reabierta en 1858. A consecuencia de las Leyes de Reforma, el templo de la Santísima fue clausurado en 1861. Como consecuencia de sus problemas constructivos, el edificio se ladeó hacia el sur, de tal manera que fue necesario colocar una cuchilla de cantera entre el estribo norte y el paño de la fachada y tuvieron que hacerse otras correcciones al proyecto original. El hundimiento llegó a los 2.85 metros, según el arquitecto Antonio G. Muñoz, quien en 1924 realizó excavaciones en el sitio. En la década de 1980 se trabajó para descubrir la parte que estuvo por mucho tiempo hundida; lo que actualmente permite apreciar al monumento tal y como debió lucir en el siglo XVIII. Los pedestales de la Santísima -que se estuvieron ocultos por más de un siglo- presentan una importante ornamentación que les da una riqueza especial.
Hacia el norte y oriente de la iglesia, se localizaban los edificios del Hospital del San Pedro; en la actualidad sólo se conserva en buen estado el claustro principal; el resto ha sido muy alterado y no es posible distinguir la planta original del conjunto. El hospital y la hospedería funcionaron desde 1689 hasta 1859 cuando, por las Leyes de Reforma, una parte fue fraccionada y vendida a particulares, y otra fue cedida a la Compañía Lancasteriana. En 1890, por resolución de la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, las Escuelas Lancasterianas quedaron nacionalizadas; el edificio fue aplicado para el aumento de los fondos de la Dirección de Beneficencia, que hizo la adjudicación y fue dividido en 26 lotes. En 1936, fue ocupado para talleres. En 1942, fue devuelto a su propietario.
Del Hospital de San Pedro sólo se conserva el claustro principal. La entrada al patio principal se hace hoy por el número 8 de la calle de la Santísima; aunque esta parte del inmueble es de propiedad particular, sus propietarios, con acertado sentido histórico-artístico, lo han restaurado, respetando su estilo y características originales. La planta del claustro es rectangular; presenta dos niveles con cinco arcadas al oriente, cinco al poniente, cuatro al sur y cuatro al norte. Sobre gruesos pilares de fuste tablerado se apoyan arcos rebajados, cuyo extradós se señala con molduraciones. Al igual que el templo, los edificios que componían el hospital han sufrido hundimientos. El patio que se describe ha llegado a dos metros, por lo que permanecen ocultos los basamentos y parte de los fustes de los pilares de la planta baja, lo que altera las proporciones del conjunto. La techumbre que cubre los corredores de las plantas alta y baja es de madera, aunque no es la original; al restaurarla se siguió el molde antiguo.
Los vanos que comunican los corredores con las distintas habitaciones presentan marcos de chiluca, que se prolongan sobre las cornisas; los cerramientos son a base de arcos adintelados. En el muro del costado oriente del patio se abren dos arcos rebajados que dan acceso a la escalera que conduce al piso superior, y que conserva sus barandales de hierro forjado. Los entablamentos de los dos pisos tienen frisos almohadillas, y en la cornisa del registro superior se observan las gárgolas de desagüe. Muy hermoso es el pretil mixtilíneo que corona al edificio: está rematado con una cornisa ondulante de chiluca y sobre cada pilastra se eleva una almena que termina con un remate piramidal. Hacia el centro del lado sur, la cornisa se rompe para dejar lugar a un reloj de sol que conserva en su parte posterior la siguiente inscripción: Lo hizo el Sr. D. José Gámez, año de 1789, lo que indica que para esa fecha se había dado término a la obra material del claustro. En resumen, aunque este patio no puede considerarse entre los de más rica ornamentación, su sencilla estructura, la originalidad del pretil del remate, el reloj del sol y algunos otros detalles compositivos lo convierten en un conjunto armonioso e interesante.
El edificio conserva casi todos los muros de la estructura original, pero se modificaron sus vanos en planta baja, tanto en interiores como en exteriores, para alojar locales comerciales y el Centro de Salud Dr. Eduardo Liceaga. La planta alta conserva su partido arquitectónico original con leves modificaciones. En la planta alta se ubica la casa cural del templo parroquial de la Santísima.
El Templo de la Santísima Trinidad fue declarado Monumento el 20 de agosto de 1932, yla parte del Hospital en Santísima No. 8, el 2 de junio del mismo año. El inmueble se encuentra bajo el régimen de propiedad federal y fue incluido en el Decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación el 11 de abril de 1980.
Fuentes de Información:
Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles de Propiedad Federal. Conaculta INAH. 2002.
Chanfón Olmos, Carlos. Historia de la Arquitectura y el Urbanismo Mexicanos. Volumen II El Periodo Virreinal. Tomo I El Encuentro de Dos Universos Culturales. Facultad de Arquitectura, División de Estudios de Posgrado. UNAM. FCE. 1997.
Cosío Villegas Daniel. Moreno Toscano Alejandra. Historia Mínima de México. El Colegio de México. 1974.
Monografías de Arte Sacro. Iglesia de la Profesa.
Arquitectura Religiosa de la Ciudad de México. Siglos XVI al XX. Asociación del Patrimonio Artístico Mexicano, A. C. 2004.
Palacios Rangel Rosa María
|